Lola Arpa - Las llaves de la felicidad

Las llaves de la felicidad

El cerebro es como una planta que puede florecer de muchas maneras y colores según las experiencias que tenga. Necesita un equilibrio entre la cantidad de minerales en la tierra, el dióxido de carbono, la porción de agua, de luz y de calor. No es una tarea fácil mantener la orquestra en equilibrio entre el cuidado de uno mismo y “la jardinería” de tal obra. Incluso la madre más dulce y el padre más sereno se encontrarán con la dificultad de tener que lidiar con los límites. ¿Por qué los niños buscan límites? ¿Cuales son las llaves de la felicidad?

 

Personalmente creo que es la raíz de la propia evolución humana. Las capacidades múltiples que debemos aprender como seres humanos para apropiarnos del amor como el único camino. Sabiéndolo y utilizándolo conscientemente como el poder infinito que es: Las llaves de la felicidad.

Más allá de esta reflexión de aficionada bloguera… Los niños a partir de los 18 meses, hasta los 3 años de vida, hacen la importante transición de pasar de ser seres dependientes, a ser autónomos y a la propia iniciación del reconocimiento del YO. El mismo instinto nos pide establecer separaciones físicas y emocionales de nuestros cuidadores.

Esta es una de muchas, entre otras necesidades humanas que tenemos en esta etapa de desarrollo concreta. El dominio de mí y de mi entorno.

 

Aprender a decir “no”, “no quiero”, “yo solo/a”, nos da seguridad mientras a la vez EXPLORAMOS.

 

Para la correcta afirmación del YO es esencial tener la oportunidad de hacerlo. Además, también tenemos que aprender a escuchar la negación por parte del adulto a nuestros deseos o intereses, junto con las leyes y las normas de la cultura. Es un proceso complejo y delicado.

Las llaves de la felicidad de los padres serán aprender a desarrollar mucho autocontrol y ofrecer opciones. No enfadarse, desarrollar la escucha, el respeto y la paciencia. Mantener la calma y aprender estrategias. Según Alfred Adler, los malos comportamientos que van más allá de esta fase (18 meses – 3 años), son debido a reacciones inadecuadas por parte de los padres a estas conductas. La mayoría pasamos de la permisividad a la autoridad cuando el camino hacia el amor y la unión, es por medio del respeto y la democracia consciente. No soy madre aún, veré como lo consigo el día que me encuentre con el reto. No es nada fácil.

El niño o la niña poco a poco tienen que ir aprendiendo a respetar las normas y los límites para su propio bien y el de los demás. Las experiencias que viva en ese periodo serán esenciales para ser más hábiles en el futuro. Incapacidades derivadas de esos baches en nuestra infancia podrían ser: dar negativas por miedo a ser rechazado en el futuro, la incapacidad de establecer límites con los demás, dificultad para afirmar como uno se siente por miedo a la humillación o al rechazo…

 

La naturaleza humana tiene sed de algo muy temprano y duradero. Deseamos PERTENECER. El sentimiento de comunidad sano empieza por sentirnos queridos, aceptados, valorados y cuidados. Después podrá desarrollarse la actitud colaborativa hacia la vida y la convivencia, entendiendo esto como la capacidad de tener en cuenta los intereses y el bienestar de los demás.

 

Si el niño no se siente querido, ni tampoco útil, que no puede contribuir o participar, desarrollamos sentimientos de inferioridad. Sintiéndonos entonces menos competentes, menos válidos, menos queridos, rechazados. Los niños desarrollarán metas erróneas o metas compensatorias y egocéntricas como por ejemplo: “Solo me siento importante cuando me atiendes o cuando me salgo con la mía”.

Los psicólogos y educadores discípulos de Alfred Adler y Rudolf Dreikurs no buscan eliminar la conducta negativa directamente, sino fomentar su sentimiento de comunidad.

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