Serpientes de asfalto

Serpientes de asfalto

Acaban cuatro años de inversión por el conocimiento y “el futuro asegurado”. Cuatro años recorriendo serpientes de asfalto entre trenes y metros con la bici a cuestas. Miércoles en Apolo, trabajos y apuntes, reuniones de grupo, alguna manifestación y mucha frustración. Acabo Pedagogía. Me llaman licenciada.

 

En mi caso, además del firme deseo revolucionario también se formó la inquietud por recorrer caminos de serpientes de asfalto. Esta vez 11 semanas por Tailandia, Laos e Indonesia con un caparazón de 7kg (que acabaron siendo 20kg ) y el apoyo y curiosidad vital compartida del amor. La ilusión, la pasión y el ansia por verme a mí misma de nuevo frente otros aires, otros mares, otro tiempo, otra gente se hacen realidad. Durante este tiempo y espacios recorridos he vuelto a darme cuenta de lo sano que es salir de nuestra querida zona de confort. Automáticamente nos damos cuenta de lo diminutos e insignificantemente egocéntricos seres que somos en este loco mundo extremista y de “la suerte” que tenemos (aunque limitados/as), en este lado norte del planeta.

Haber sido observadora de tantas caras, oficios y edificios, islas, pueblos y escenarios de otra cultura tan dispar a la mía, ha hecho que aprecie más el buen sabor que tiene Europa. De que sí se ha avanzado en derechos humanos, de que nuestra riqueza arquitectónica es más que generosa y de que la puntualidad y la calidad de algunos servicios públicos es de agradecer. Aun y así, me sigue sabiendo a poco eso de “la cultura civilizada”.

¿Deshumanizada a lo mejor?

Cada paraje natural han llenado mi mente y corazón de colores, temperaturas extremas que me han hecho sentir el mismo peso de la gravedad. Una humedad tormentosa durante horas, mucha luz y hojas tan grandes como puertas. Humedad. Sed, mucha sed. Sabores picantes, aromas extraños y flores de todos los colores y tamaños. Miradas entrañables y fatales en cuerpos ágiles y fuertes. Gente con silencio interno del de verdad. Vida callejera en todos lados. Pobreza. Sonrisas. Acogedores parajes y buena hospitalidad. Finalmente me baño en el pacífico. Brillantes turquesas y blancos.

Muy triste sigo sintiendo el peso del mundo encima. Probablemente son los 20 kg de mochila. Sin embargo, en uno de los ecosistemas más ricos del planeta las personas también siguen sin apreciar la magnificencia de su tierra, ni su valor. Sobreviven lo sé. Pero no puedo evitar ver:  plástico, aluminio, electrodomésticos, productos de limpieza, de belleza, del hogar y metalurgia quemada o tirada al mar sin control ni ninguna restricción. Y más serpientes de asfalto que queman la piel de la tierra.

Existe la urgencia de despertar el cuerpo que habitamos. La necesidad de que el hombre y la mujer aprendamos a regularnos a consumir conscientemente, a conocernos y dirigirnos a nosotros/as mismos/as. A educarnos. Es primordial más que nunca que dejemos de llevarnos todos/as por esta voraz inercia. Una inercia que me susurra: huye. Viaja.

Soy parte de una enfermedad llamada humanidad.

“Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo solo tendrá una generación de idiotas.”

Albert Einstein

 

 

 

 

 

 

 

 

No hay comentarios

Publicar un comentario